domingo, 11 de diciembre de 2011


Envejecer
Envejecer es natural, como nacer, crecer, reproducirse y morir. No hay nada raro en ello. Se trata de una serie de eventos inexorables, predecibles, comunes, que desde el punto de vista bioquímico podrían resumirse simplemente en la pérdida progresiva del agua; claro, al fin y al cabo, en un recién nacido más del ochenta por ciento de su peso es agua, mientras en un adulto la proporción baja al sesenta por ciento. Trasformaciones que se traducen en cambios evidentes: las canas, la calvicie y las arrugas, el efecto de gravedad sobre las proporciones corporales, aparece la presbicia, de modo que hay que alejar los escritos para poder leerlos, el oído ya no tiene el rendimiento de otras épocas, hasta los dientes cambian y las encías se retraen, el insomnio se vuelve habitual, la capacidad física y la resistencia al licor y el trasnocho disminuyen, se hace frecuente que los alimentos den gas e indigestión.

Pero también hay otras modificaciones que no son obvias. Indicando que el ser humano no está diseñado para vivir tanto, en las articulaciones aparece la artrosis, en los huesos la osteoporosis, mientras en el sistema cardiovascular, la arteriosclerosis, y aumenta la frecuencia de la hipertensión arterial, hasta el punto de considerarla otro cambio degenerativo, puesto que después de los setenta al menos tres de cada cuatro personas usan antihipertensivos. Además cambia el sistema inmunológico, se ha vivido lo suficiente como para que gran variedad de cánceres tengan la oportunidad de manifestarse, la próstata crece interfiriendo el dulce placer de orinar y aparecen las enfermedades metabólicas, como la gota y la diabetes, el colesterol se eleva. Así que el envejecimiento supone tratamientos variados, cirugías, partos y la menopausia, otras huellas que deja la vida en el cuerpo. ¡En fin, ya nada es como antes, nada, absolutamente nada es lo que solía ser!

La expectativa de vida en promedio estaba alrededor de treinta años antes del descubrimiento de la penicilina, en 1941, así como de las vacunas, de la construcción de acueductos y alcantarillados modernos, y de otras medidas de salud pública que ayudaron a disminuir la incidencia de infecciones, para tomar un solo caso. Y con el progreso de las diversas áreas de la prevención, el promedio de la expectativa de vida llegó alrededor de los ochenta, hasta el punto que ya no es raro saber de personas que superan los cien.

En 1956 apareció el libro de Hans Seyle. Un volumen con vocación de autosuperación, a donde, si mi memoria no falla, él introdujo al lenguaje común la palabra ‘estrés’. Se trataba un vienés que en 1945 inmigró al Canadá, luego de estudiar en París y Roma, y de haber sido médico en el ejército aliado durante la Segunda Guerra Mundial. Desarrolló la idea de que la vida era adaptarse a las circunstancias cambiantes del ambiente, a través de la acción de hormonas y el sistema nervioso central, de manera que el quid del asunto estaba en la flexibilidad para lograrlo, mientras la enfermedad y la muerte se presentaban cuando el sistema se agotaba, al hacerse rígido, indiferente a los cambios del entorno. Su planteamiento era un símil maquinal proveniente de la metalurgia, donde los metales tienen límite por fatiga del material, como el fuselaje de un avión, por ejemplo.

Sin embargo, por esa misma época Watson y Crick descubrieron la doble hélice del ADN y durante la segunda mitad del siglo XX se conocieron detalles sobre el funcionamiento de los genes. Si bien las circunstancias de cada uno intervienen en cómo se expresan, en este caso en cómo se envejece, verbigracia, lo más saludable es una dieta mediterránea, variada, aun cuando moderada: rica en fibra, con pescados, pollo, carnes de todo tipo, incluso de res, un poco de vino y de vez en cuando algo de ejercicio, media hora cada día, por supuesto sin fumar. De modo que los genes son una potencialidad tanto en la salud como en la enfermedad. Pero su posibilidades de expresarse son limitadas. Están dotados de mecanismos de regulación que los lleva a corregir errores de transcripción, y controlan el número de veces que se transcriben. En el hombre, como en cualquier otro mamífero, la reproducción de las células tiene límite, tiene final. Solo las células del cáncer son inmortales. Así que la senilidad de las células cumple una función biológica: beneficia a la vida manteniendo el orden, el funcionamiento y el equilibrio de los tejidos, entonces la muerte celular es el precio que se paga por la complejidad del cuerpo. Los genes no son rígidos ni perennes, cambiaron la vida eterna por una estructura flexible que perdura pasando a la siguiente generación. Desde el punto de vista biológico, lo primordial es la supervivencia de la especie, no la del individuo.

Así que, con los años, es común encontrarse a los viejos amigos de la familia que al saludarlo le digan, como si fuera buena noticia, como si le estuvieran echando una flor, que cada día se parece más a su papá, o a su mamá, según sea el caso. Además se empieza a tener noticias sobre la enfermedad y la muerte de conocidos, amigos y parientes.Tal vez lo más exigente del envejecimiento sea hacer consciencia de ello, la percepción de los cambios corporales; el sufrimiento, la angustia y la necesidad de superar los duelos que implica la pérdida de la juventud, al igual que los ajustes en la vida familiar y el desempeño laboral. 

No solo se trata de envejecer y morir en las mejores condiciones físicas. En la ancianidad el suicidio es común, la depresión y la desesperanza es frecuente. Claro que también se acompaña de olvidos, y hasta de demencia senil en algunos casos, tal vez otro mecanismo de defensa, otra medida para sobrellevar la senectud, el premio por una vida ordenada y llena de cuidados. De manera que la pérdida de la memoria también podría ser protectora.

En todo caso, la salud mental es crítica para enfrentar los desafíos de esta etapa, por ello la ancianidad también puede ir de la mano con la sabiduría y la habilidad de disfrutar de las cosas elementales, mientras duren.

Texto publicado en su blog por Santiago Barrios.

jueves, 7 de julio de 2011

Maltrato a los adultos mayores


domingo, 17 de abril de 2011

Los ancianos, susceptibles al abuso y el maltrato



Un estudio realizado por la Cátedra de la Medicina Geriátrica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Católica Argentina, liderado por el especialista y profesor Alcides Arrabal Amato determinó que el 89% de los ancianos sufre algún tipo de maltrato

Los resultados fueron presentados en una conferencia sobre prevención de abusos a los adultos mayores en el marco del Sexto Congreso Latinoamericano y del Caribe organizado por la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría, en el año de su 60° Aniversario.



La investigación, pensada en un comienzo para 10 ancianos llegó a evaluar a 100 para lograr una muestra más expansiva. Entre sus conclusiones centrales están que los principales “victimarios” en el marco familiar son los hijos y que el 87% de este tipo de abusos no se denuncia.



Según especificó Arrabal Amato, “la situación de los viejos se asemeja a la de los niños maltratados”, ya que “se deben buscar los indicios de violencia, porque la víctima no siempre los manifiesta verbalmente”.



En el trabajo realizado por su equipo, el 89% de estos abusos pudo comprobarse mediante evidencias, mientras que el 11% no, ya que los maltratos se trataban de amenazas o insultos.



Si bien los médicos pueden realizar denuncias ante estas situaciones, sólo un 13% de los casos fueron notificados, según se expresó en la muestra.



Por otra parte, dentro de la familia los principales victimarios son los hijos (70%), mientras que el otro 30% se reparte entre otros miembros. Arrabal Amato indicó que “los concubinos son los menos maltratadores, con una representación de sólo un 2%, por lo que convivir con otro adulto mayor resulta sumamente beneficioso para este grupo”.



Según reveló el sondeo, el principal factor de riesgo para sufrir abusos en la tercera edad es ser mujer, viuda y vivir con la familia. La tendencia ocurre “porque la esperanza de vida es más alta en el género femenino y porque la mujer de por sí es más maltratada que el hombre”, sostuvo a DocSalud.com el Dr. Guillermo Che Kenny, geriatra, forense y presidente de AGENOR (Asociación de Geriatría de Zona Norte), quien también participó de la conferencia..



Incluso, según cifras presentadas en la disertación, las adultas de 60 a 74 años representan el 4% del total de las mujeres agredidas, mientras que las mayores de 74 años, un 2%.



Maltratos: ¿cuáles son y cómo prevenirlos?



Che Kenny, quien también integra el Proyecto Millenium de las Naciones Unidas, indicó que los maltratos más típicos son los de tipo psicológico, relacionados con la discriminación y con “quitarle a los ancianos su lugar en la vida”. Esta clase de faltas pueden causar autoviolencia (hasta llegar al suicidio del adulto mayor) además de depresión, que baja las defensas y vuelve a las víctimas vulnerables ante otras patologías



También están los maltratos físicos, económicos, el abandono de persona, la negligencia y hasta incluso, abusos sexuales y sociales. A su vez, las personas en la tercera edad son susceptibles a sufrir delitos como “estafas y disputas por una herencia”, ambas capaces de dejarlos en la calle.



Si bien el artículo 266 del Código Civil brega por el respeto a los ancianos y dentro del Código Penal se estipulan penas de cárcel frente al abandono de persona (artículo 106) y las internaciones compulsivas (artículo 141), las faltas más preocupantes según Che Kenny son los que él mismo denomina “delitos no tipificados”, que se “producen todos los días y no existe ninguna ley que les imponga un castigo”.



Entre estos delitos,están la irracionalidad, la falta de compasión, el abuso de poder, la maldad y la corrupción, “que ocasionan daño y que son difíciles de prevenir”, afirmó.



Si un anciano sufre maltratos por parte de la familia o de un cuidador, los médicos interactúan con la policía, quienes toman la denuncia y después determinan que la víctima sea revisada por un médico forense. Luego intervienen equipos de criminalística, sociología y psicología.



Sin embargo, según expresa Che Kenny, “lo grave es que la mejor solución que podemos dar desde la ley es trasladar a un anciano de su hogar o institución geriátrica, o sacar a un cuidador de su cargo”. Pero esta solución, según indica el experto “es momentánea, parcial”.



Para explicar su punto de vista, el médico geriatra comparó la situación con la de un ladrón: “si se lo mete preso, evitamos que siga robando, pero no que deje de ser un delincuente; sólo resolveremos el problema cuando el ladrón entienda que no debe robar”.



Por lo que el presidente de AGENOR propone otra solución: inculcar a los chicos de escuelas primarias el amor hacia los ancianos. “Desde la asociación estamos gestionando charlas con los colegios ya que la niñez es la etapa donde las personas se forman”, indicó.



El enfoque, según especificó el médico, debe ser “de abajo hacia arriba”, para que los hombres del futuro respeten a sus padres cuando lleguen a viejos. “Es vital volver a educar a nuestros chicos y enseñarles que la vida no es dinero ni lujo; inculcarles que un padre o una madre vale más que un auto de carreras y que necesitan cuidados y atención”, concluyó.

Se agradece a RadioCataratas.com