jueves, 25 de diciembre de 2008

Fernando Ulloa, acerca de la vejez




Cuando Edipo resuelve el enigma que le propone la esfinge, identifica la vejez con el caminar en tres patas,añadiendo el bastón a las dos vacilantes del anciano. Por supuesto, que hace algo más que aludir a la marcha del anciano, que como gateante niño fue cuadrúpedo y luego bípedo en plena posesión de su cuerpo. Dice de ese trípode en que se afirma la senectud: cuerpo gastado por la vida, proximidades con la muerte e impaciencias que despierta el anciano en el entorno.
¿Qué quiere decir impaciencia del entorno? Quiere decir que la ancianidad suele promover mal trato o al menos distrato, trato perturbado, displacer. Cosa curiosa, ya que esto mismo puede decirse del loco: el loco promueve mal trato, que a su vez refuerza su locura, que a su vez refuerza el maltrato camino a la manicomialización.
Es curioso porque el distrato que ocasiona la vejez reconoce causas casi opuestas de las que supone la presencia del loco. El loco y su lógica-ilógica induce a no saber lo qué dice, no entender su decir singular. Entonces la pregunta ¿qué dice este loco?, pronto se torna en escándalo que exclama: ¡Qué dice este loco¡ Al no entender se estandariza un diagnóstico global, sin reconocerlo como sujeto singular. Comienza el círculo del malentendido y de los entendedores malos, gestores del distrato.
No olvidemos que tratamiento deriva del buen trato clínico.
Con el anciano ocurre algo paradojal en cuanto al distrato o trato perturbado, o simple y llanamente mal trato, el cual deriva de todo lo contrario de las dificultades para entender.
La ancianidad habla claro, anticipa con claridad un final no sólo para el anciano, sino para su entorno, para nosotros. La ancianidad proclama la condición patética del hombre, ser que ignora y al mismo tiempo sabe de la muerte. Esa muerte que al decir ambiguo de Freud no tiene inscripción en el inconsciente y sí la tiene en la conciencia, la tiene como muerte del otro.
Voy a apelar a una sentencia atribuida a Goethe:
La vejez no tiene características particulares en cuanto a la condición del hombre, sólo que los años han desnudado aquellas cosas que los eufemismos de la juventud mantuvieron ocultas.
Eufemismo, significa decir atenuado, incluso tan atenuado que casi puede decir otra cosa. La belleza y la vitalidad del cuerpo joven son legítimas en sí, pero la hermosura de esa joven vitalidad enmascara otros valores y toda máscara proclama en primer término el per-sonare, es decir, los sonidos de la personalidad que oculta.
La elocuencia no eufemística y patética del cuerpo gastado, de la muerte anunciada, promueve la tercera pata del trípode: la impaciencia del entorno. ¡Vaya precioso bastón para afirmar la endeblez¡

Pero no es la única cosa que proclama aquella desnudez directa de la que habla Goethe, no es desnudez que sólo anticipa un final, también anticipa paradojalmente un pasado, o tal vez deba decir aquellos valores que son permanentes en la cultura.
Anticipar un final que tendrá que ver con no forzar al anciano ni a la atención que queremos darle. En esa anticipación de una espera habrá de hacerse posible aquella sentencia de Wittgenstein que decía:
El libre albedrío radica en la imposibilidad de conocer ahora los hechos futuros...
Aquí se trata de la relación entre el saber de la muerte y lo que a su tiempo será sabido como propio morir.
Uno de los fundamentos de la ética humanista es el libre albedrío, ese término tal vez con poca vigencia entre tantos desmodernismos y distrato postmoderno.
No forzar hasta la impotencia al anciano, ni reducirlo a ella imponiéndole nuestra presencia, hace posible que él mismo no viva hacia la muerte -muerte ya establecida- sino hasta la muerte. Que la muerte lo encuentre vivo.
Lou Andreas-Salomé decía algo curioso, como afirmación general con respecto a la perversión:
El perverso tiene acceso directo al lado oscuro de los sentimientos.
En cierta forma, la ancianidad representa también un acceso directo al sentido patético de la vida. En el anciano este saber suele ser duro. En en entorno, suele promover dureza que se impacienta y no hace réverie, ese asumir el sufrimiento sin disparar respuestas próximas a la perversidad, como suele acontecer con la mezcla explosiva de la culpa y el temor.
Cuando la réverie llega a formar parte de los mecanismos que hacen posible una vejez asistida, el bastón es algo más que andar a los bastonazos en la oscuridad.

Pequeña anécdota

Voy a terminar con un homenaje a mi anciano padre, que incluye a mi hijo. Una anécdota que seguramente mi hijo no recordará porque era muy pequeño, tendría tres o cuatro años y le pregunta a mi padre:Abuelo ¿qué es la muerte?, y él le respondió -yo me quedé sorprendido y realmente fue una lección-, el viejo muy tranquilo le dijo: Bueno, vos te preguntás sobre la muerte porque sos muy chiquito y casi no sabés nada de la muerte, por eso me preguntás, yo que ya he vivido muchos años, ya aprendí mucho de la muerte como para no tener miedo, vos en cambio tenés que esperar muchos años más y tal vez algún chico te haga la misma pregunta algún día.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Un recuerdo de adolescencia de 1954

Memoria


Vivir nos endurece. Y está bien que sea así, es necesario. Los fracasos nos templan, nos preparan para defender lo nuestro, y para encarar los futuros fracasos, que siempre habrá algunos entre las cosas que nos salen bien. Pero también es necesario —para que no seamos sólo payasos de piedra, máquinas actuando por reflejos en un ambiente que a fuerza de vivir se ha tornado previsible—, que resucitemos cada tanto al niño que fuimos, con su asombro de colonizador extraterrestre ante un mundo desconocido, insólito.

Por eso, este escrito no es un cuento; hoy, lector, no esperes un desenlace inesperado. Sólo quiero recuperar y compartir una de esas dulces cachetadas, una de esas fuertes sensaciones casi perdidas entre tanto aprendizaje para conseguir funcionar aceptablemente en el sistema.

Nuestro pueblo, Salto, tenía apenas unas diez cuadras de largo. Cuando yo tenía doce años los varones sólo podíamos reunirnos con varones; hacía pocos años que habían comenzado, a veces mal vistas, las primeras escuelas mixtas. Las chicas eran un misterio para los que no teníamos hermanas de nuestra edad. A veces Lelia, mi vecinita, se ofrecía para hacerme un colorido dibujo en el cuaderno con sus lápices-acuarela. Pero debíamos sentarnos uno en cada punta de la mesa bajo la minuciosa vigilancia de su mamá, que aparentaba tener su atención sólo en el radioteatro del León de Francia, y que por algún prodigio sobrenatural nunca necesitaba levantarse ni para ir al baño.

Existía en las orillas del pueblo —orillas de pueblo chico— la “casa de doña Rosa”. Pero eso era diferente; por nuestra edad no nos dejaban entrar, y tampoco hubiera servido para entender qué cosa era una chica.

Estaba el cine —cine de pueblo chico—. Uno de los integrantes de la barra, elegido en cada ocasión por sorteo, se ocupaba de distraer al acomodador para que pudiésemos colarnos los demás y así ver las películas en que la mejicana Ana Luisa Peluffo terminaba siempre perdiendo la ropa. Pero esto era como hacer un curso teórico sin tener acceso a las clases prácticas.

Entonces apareció ella, con una edad como la nuestra. Los chicos de la barra decían que el rumor decía que era fácil de convencer para todo. Sólo recuerdo su apellido, su nombre se disolvió en el ácido del tiempo. Tampoco sé ya cómo esa siesta fuimos los dos a dar a orillas del Arroyo Distillo. Hacía mucho tiempo que yo venía practicando el beso romántico contra el espejo del botiquín, así que cuando ella puso su boca sobre la mía, la dejé hacer. La explosión fue en mi nuca; un fuego increíble corrió por mi espalda, y cuando llegó a manos y pies, se me puso la piel de gallina. Las pantorrillas casi me traicionan, y sólo con esfuerzo pude mantenerme en pie. Esto inesperadamente era muy distinto de besar un espejo.

No pude convencerla de nada más.

Mi vieja me notó raro esa noche. Con mañas de adulto me sonsacó lo ocurrido. Ella conocía la fama de la chica —fama de pueblo chico—. “Quiere engancharte, tené cuidado, es una atorrantita”.

Hoy no estoy tan seguro de que las cosas fueran así. Pero no volví a verla.

Leo Rambaut, 2003. Revisión 20/06/06

jueves, 18 de diciembre de 2008

Cortázar y los relojes sociales


Para entender adecuadamente la interacción biopsicosocial de la transición que va de la mediana edad hacia la vejez, solemos referirnos a los conceptos de Neugarten -1970- sobre el factor tiempo, del que hemos hablado en otras ocasiones desde estas páginas.

Esta autora considera que todos los individuos, no hace distinción con respecto al grupo social al que pertenezcan desarrollan la idea de un ciclo vital normal y esperable, es decir, que ciertos eventos deben ocurrir en determinados momentos de la vida, y que un reloj mental interno les va diciendo si están a tiempo, o si están fuera de tiempo.

Releyendo a Cortázar, uno podría pensar que él se ha escapado a estas especulaciones de los relojes sociales, como diría Eduardo Galeano acerca de él: era un hombre que hacía el viaje al revés.

Específicamente dice: Lo que siempre me llamó la atención y me acerco mucho a Cortázar fue el hecho de que Julio fuera tan insólito, tan extraño, como un hombre que estaba haciendo el viaje al revés.

Para en otro párrafo agregar, él fue de la indiferencia a la pasión, contrariando las leyes del ciclo vital que hacen que el bicho humano viaje desde el entusiasmo hacia el cinismo.

Un viaje por el túnel del tiempo que el gran escritor según Galeano realizó en sentido contrario, desafiando las coordenadas agobiantes de los relojes sociales, dice, como el de un pájaro que vuela hacia el huevo, o quizá como el de quien sabe que anda por ahí buscando la voz.

Cortázar viajó de la soledad a la solidaridad, y esto le posibilitó sentirse y ser cada vez más joven.

Parece que logró tener todas las edades, con esa capacidad de asombro que es también capacidad de pasión.

Quizás por estas latitudes, por este territorio en el que hay tantas cosas por hacer, estamos compelidos a desafiar ciertas limitaciones, a responder con magia y milagro a estas teorías que, por cierto, son muy respetables.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Un poema de Donna Swanson


Muchas veces la ausencia de calor y de contacto en las residencias de adultos mayores hace nacer en ellos un profundo sentimiento de soledad, aquí un poema de Donna Swanson que lo simboliza.

Dios mio, qué viejas son mis manos. Jamás lo diré nunca en voz alta, pero lo son.
Y tan orgullosa que antes me sentía de ellas. Eran suaves como el terciopelo de un melocotón maduro. Ahora su suavidad se parece más a la de las sábanas raídas o a la de las hojas secas. ¿Cuándo se tornaron garras nudosas y contraídas aquellas manos graciosas y pequeñas? ¿Cuándo, Dios mío? Se hallan extendidas sobre mis rodillas como separadas de este cuerpo gastado que tan bien me sirvió. ¿Cuánto tiempo hace que alguien me acarició? ¿Veinte años? ¿Veinte años? Soy viuda desde hace veinte años. Respetada. Una persona a quien se sonríe. Pero nunca tocada. Jamás junto a alguien, para que se esfume la soledad. Recuerdo, Dios mío, cómo me tenía mi madre junto a ella. Cuando había sido herida en mi cuerpo o en mi alma, me tomaba contra sí y acariciaba con sus cálidas manos mi espalda y mis sedosos cabellos. Dios mío, qué sola me hallo. Recuerdo al primer chico que me besó. Era algo tan nuevo para nosotros. El sabor de los labios jóvenes y de las palomitas de maíz, la impresión de los misterios futuros. Me acuerdo de Hank y de los bebés. ¿Cómo podría recordarles de otra forma que no fuera juntos? Los bebés llegaron de las torpes y desmañadas tentativas de los nuevos amantes. Nuestro amor creció al mismo tiempo que ellos. Y, Dios mío, a Hank no parecía inquietarle ver como mi cuerpo se ensanchaba y se ajaba un poco. Siempre me amaba. Y también me acariciaba. No nos importaba no ser ya bellos. Y los niños me apretaban tanto contra sí. Oh, Dios, qué sola estoy. Dios mío, ¿Por qué no enseñamos a los hijos a ser apasionados y afectuosos tanto como dignos y decentes? Ya ves, cumplen con su deber. Se presentan en sus magníficos coches: vienen a mi habitación y me saludan. Charlan alegremente y evocan recuerdos. Pero no me tocan. Me llaman Mamá, Madre o Abuela. Nunca Minnie. Mi madre me llamaba Minnie. Y también mis amigos. También Hank me llamaba Minnie. Pero ya se han ido. Y Minnie también. Sólo queda la abuela. Y Dios mío, qué sola está.

Ley 661

Construir ciudadanía en los geriátricos.

La ley 661 regula la actividad de los establecimientos residenciales y otros servicios de atención gerontológica que brindan prestaciones en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires, en los términos del art.41 de la Constitución de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
En su art.2 establece los Derechos de las personas que viven en residencias u hogares:
A la comunicación y a la información permanente.
A la intimidad y a la no divulgación de los datos personales.
A considerar la residencia u hogar como domicilio propio.
A la continuidad en las prestaciones del servicio en las condiciones preestablecidas.
A la tutela por parte de los entes públicos cuando sea necesario .
A no ser discriminadas.
A ser escuchadas en la presentación de quejas y reclamos.
A mantener vínculos afectivos, familiares y sociales.
A entrar y salir libremente, respetando las normas de convivencia del establecimiento.

El valor fundamental que posee este instrumento es que desde el inicio considera a las personas mayores que viven en instituciones, ciudadanos de pleno derecho.
El ingreso a una institución, en general es consecuencia de la complejidad del desvalimiento o vulnerabilidad de una persona mayor para realizar satisfactoriamente las actividades de la vida diaria. Esto puede ser debido a causas de carácter biológico, psicológico y o social y puede afectar aspectos parciales de la vida de la persona.
Pero esto no debe significar que pueda perder su autonomía ni la posibilidad de seguir viviendo de acuerdo con sus propios criterios, convicciones y cultura.
Las personas responsables de su cuidado y sus familiares deben comprender que deben respetar su independencia y sus derechos como ciudadano.
Expresa en su Anexo I
El ingresante deberá ser informado sobre el Reglamento interno de la institución y expresar su decisión por escrito de ingresar al mismo ....
En caso que mediare algún impedimento legal y diagnóstico médico psiquiátrico de padecimiento mental, se procederá a admitir al ingresante con el consentimiento escrito de un familiar directo, o de un tercero responsable.
En el término de 3 días se deberá comunicar al Asesor o Defensor de Menores e Incapaces del Gobierno Autónomo de la Ciudad de Buenos Aires, el hecho de su internación, dando así cumplimiento a las previsiones de los arts. 141 o 152 bis, inc. 1 o 2 del Código Civil, debiendo proceder de igual manera en caso de que el estado mental del residente concurrente se deteriorare durante su permanencia en la institución.
A través de este artículo se establece una diferencia clara entre el adulto mayor sano en pleno uso de sus facultades mentales, y aquél que por padecer una enfermedad neurológica o psiquiátrica invalidante, no se encuentra en condiciones de manejar su vida en forma autónoma.
Recurrir a la tutela del Estado en estos casos, es un modo de preservar al adulto mayor del maltrato o abuso de cualquier índole en su contra.
Asimismo se establece:
Los residentes concurrentes gozan de libertad de entrar y salir del Establecimiento según su libre albedrío, salvo que exista un diagnóstico médico que indique lo contrario por constituir un riesgo para su salud y o la de terceros. A tal fin los Directores del Establecimiento arbitraran las medidas necesarias para garantizar el efectivo cumplimiento de los derechos establecidos en el art.2 de la Ley 661 de la C.A.B.A.
De esta manera se pretende terminar con las instituciones que en nombre de protecciones jurídicas inexistentes, coartan la libertad de las personas, manteniéndolas encerradas, sin que medie declaración alguna de insanía.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Jean Amery. El hombre que no encontró el sentido


Cuando uno lee El hombre en busca de sentido de Viktor E. Frankl, no puede menos que remitirse a las palabras primeras que se preguntan acerca de ¿Cómo pudo él -que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio, aceptar que la vida fuera digna de vivirla?
Frankl gustaba citar de Nietzsche: quien tiene un por qué para vivir, encontrará casi siempre el cómo.
Hans Meyer, nacido en 1921 y más conocido como Jean Amery, seudónimo que adoptó para expresar su rechazo a la cultura germana tras haber estado confinado en Auschwitz durante dos años, no encontró ese sentido, en 1978 se suicidó.
Amery no creyó en la trascendencia, encarnó la relación del sujeto con su muerte, de una manera que para algunos autores ha sido la invención de una política del resentimiento.
No ha sido el único, S. Zweig, también se suicida en Brasil pero por distintas razones, solo que Amery focaliza en la vejez, todo el malestar, como si ésta fuese una enfermedad degenerativa, de máxima vulnerabilidad, como si el mundo se le negara por llegar a viejo.

Ahora bien, qué es lo que podemos decir acerca del suicidio y los adultos mayores. Por lo pronto, que constituyen el grupo de edad en el cual el suicidio alcanza con mayor frecuencia su expresión más lograda: la consumación.
Dentro de este eje, cuáles serían los sentimientos y las situaciones con las que lo asociaríamos. Qué hace que la vida valga o no valga la pena de ser vivida; tanto la filosofía, como la religión, la ciencia, el arte en sus variadas expresiones se han encontrado conmovidos por esta negación fundamental.
Las palabras serían: soledad, aislamiento, desesperanza, enfermedad somática, depresión, en suma no encontrar chances para sobrevivir, para trascender, no tener la fuerza suficiente para crear sentido. Tal vez no tener ninguna fe, ni en el hombre. Heidegger dice, la simple inquietud está en el origen de todo.
Pareciera que estamos en el origen de otro relato en donde puede advenir un extrañamiento, de la vida, del mundo, esto de una máquina que no se descompone nunca, o que si lo hizo no dio las suficientes señales, ya que éstas darían cuenta de alguna crisis, alguna posibilidad; tal vez hubo indicios, una depresión enmascarada, una pérdida reciente, pero no fue lo suficientemente comunicada.
Por el contrario ha sido infracomunicada e infradiagnosticada. O quien estuvo cerca no pudo desentrañar, no pudo tolerar, no supo qué hacer.
Siempre recuerdo a una viejita que me dijo: Todos deberíamos escribir en las paredes, voy a llegar a viejo.
La cuestión es si hay paredes para escribir.
Algunos de los factores de riesgo de suicidio en el adulto mayor serían:
-factores psicosociales
-enfermedades psiquiátricas
-enfermedades somáticas crónicas
Estos factores se potencian por su frecuente interacción. El sexo masculino, los antecedentes familiares de suicidio, y la existencia de intentos anteriores.
Dentro de los psicosociales
-situación de soledad y aislamiento afectivo
-imposibilidad real de reponer el objeto perdido, muerte de familiares y amigos
-jubilación, deterioro económico y perdida de status y roles
-carencia de soporte familiar, institucional o social
-impacto psicológico de los trastornos somáticos invalidantes.
El sentimiento de abandono, la sensación de vacío, la desesperación ante el desmoronamiento orgánico y la autopercepción de ser una persona inútil, sin proyectos, genera lo que algunos sociológos han dado en llamar verguenza social.
William Blake decia: la vejez debe ser una manera digna de llegar al palacio de la sabiduría por el camino de la experiencia. La dramática vigencia de los factores sociales alejan al adulto mayor de esta metáfora y lo enfrentan con la culpa, la incertidumbre y la verguenza, sintiendo a veces que sólo se redime con la muerte.

Vivir con el morir

Todos, al envejecer, llegan a un acuerdo con la muerte. No firman la paz sino, por mucho que el término suene molesto, un insano compromiso. No es que aprendan a morir. No se aprende en la intimidad, que consiste propiamente en la conciencia de la inaprehensibilidad, en la reducción del presentimiento a miedo, en el insoportable sentimiento de angustia, en el horror absoluto ante el último aliento. El insano compromiso consiste en el precario equilibrio -cada vez turbado de manera mas o menos acentuada, pero nunca, siquiera en el hipocondríaco neurótico, ausente del todo- de miedo y esperanza, de rebelión y resignación, de rechazo y aceptación. El individuo que envejece, para quien el morir de cuestión objetiva y general se transforma en cuestión personal, intenta neutralizar la proximidad del Gran Momento, que se hace evidente en los datos estadísticos y en el diagnóstico de los médicos, mediante una confianza cada día más irracional y siempre menos confiada en si misma. Cada aplazamiento -tras un ataque, una grave enfermedad, una complicada operación- tiene para él el valor de una apelación ante un tribunal que cree que puede efectivamente absolverlo. Ilusión: ya que en este caso suspender no equivale realmente a anular y los jueces no piensan en la casación. Vivir con el morir no significa alcanzar la comprensión de la propia finitud. Tampoco implica haberse habituado al sinsentido de la nada. La costumbre no es más que un cierto ejercicio de esperanza vacía y falaz, en el autoengaño del que se es víctima, a base de no serlo, ya que, a fin de cuentas, se sabe que en algún momento, muy pronto, el veredicto que se ha de hacer ejecutivo se ejecutará. ....En el envejecimiento devenimos el sentido interno, huérfano del mundo, del tiempo puro. Envejeciendo devenimos extraños a nuestro cuerpo y al mismo tiempo más íntimamente ligados a su masa inerte de lo que lo hayamos estado nunca. Cuando hemos superado la cima de la vida, la sociedad nos prohíbe proyectarnos nosotros mismos, y la cultura se transforma en cultura-fardo que ya no comprendemos, antes bien, nos hace comprender que puesto que ya no somos más que vieja ferralla del espíritu, nuestro lugar está entre los montones de desecho de la época. Envejeciendo, en fin, tenemos que vivir con el morir: una pretensión escandalosa, una humillación sin par, que encajamos no con humildad, sino como humillados. Todos los síntomas de este mal incurable son reductibles a la incomprensible acción del virus de la muerte, con el que venimos al mundo. No era virulento, cuando éramos jóvenes. Sabíamos de su existencia, pero no nos concernía. Con el envejecimiento sale de la latencia. Es una cuestión que nos incumbe, la única, aunque eso no sea nada, y la letanía maníaca, la cháchara poética sobre la muerte son preferibles al abominable kitsch del idilio iluminado por la puesta de sol: Vejez debería arder cuando cae el día, dice Dylan Thomas. Jean Amery. Fragmentos del último libro Sobre el envejecer.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Sartre y el paso de los años


Conversaciones con Jean-Paul Sartre

S. de B. - Sí, usted mismo lo ha dicho, la edad es irrealizable, nunca podemos realizar nuestra edad; no nos percatamos de ella. Pero, el hecho de tener treinta, cuarenta, cincuenta o sesenta años ¿no hace que las relaciones con el futuro, con el pasado, con un montón de cosas más, sean diferentes? ¿No representa una diferencia?

J.P.S.- Mientras hubo futuro la edad era la misma. A los treinta años había un futuro, lo había a los cincuenta. Quizá a los cincuenta ese futuro estuviera más reseco que a los treinta; no era yo quien debía juzgarlo. Pero a partir de los sesenta y cinco, ya no hay futuro. Naturalmente, existe el futuro inmediato, los cinco años próximos; pero más o menos yo había dicho todo cuanto tenía que decir, en líneas generales sabía que ya no escribiría mucho, que diez años después todo habría acabado. Me acordaba de la vejez de mi abuelo, una vejez triste; cuando tenía ochenta y cinco años, estaba acabado, pero sobrevivía no sabíamos por qué. A veces yo pensaba que no quería una vejez así y otras, que era necesario ser modesto, vivir hasta el final la edad que alcanzara y desaparecer cuando me lo dijeran.

S. de B. - Al hablar de su relación con la edad sólo habla de la relación con el futuro, pero, ¿sus relaciones con el pasado no han cambiado también? ¿No hubo también momentos en los que, gracias a su obra, supo que tenía una cierta experiencia, un respaldo? ¿No hubo momentos en que le pareció agradable tener cierta edad? ¿Digamos treinta y cinco, cuarenta años?

J.P.S.- No me acuerdo. No he creído nunca en la experiencia, lo decía en La náusea. A los treinta y cinco años era un muchacho que fingía ser un adulto. Nunca tuve experiencia, algo que se hubiera formado detrás de mí, que me empujara, no.

S. de B.- Pero, a falta de experiencia, ¿tiene recuerdos?

J.P.S.- Pocos, muy pocos, como usted sabe; actualmente, hablando con ud. recuerdo algunos, los avivo; pero es porque estamos trabajando con el pasado.

S. de B.- ¿A qué atribuye eso,que es completamente anormal? Por lo general, la gente se da cuenta de que tiene veinte años y que está más o menos contenta de tenerlos. En mi caso, es muy evidente que he tenido varias edades ¿cómo explica ud. que no las haya tenido?

J.P.S.- No lo sé. Pero sé que es así. Me siento como un hombre joven, rodeado de las posibilidades que se ofrecen a un hombre joven. Detesto pensar, lo que es evidente, que mis fuerzas han disminuido, que no soy el que era a los treinta años.
Por ejemplo, el hecho de tener sesenta y nueve años, que transcribo mentalmente en setenta, me es desagradable; por primera vez pienso de vez en cuando en mi edad: tengo setenta años, estoy acabado, pero eso tiene que ver con cosas que provienen del estado de mi cuerpo, por consiguiente, de mi edad, pero que no relaciono con la edad: con el hecho de que veo mal, de que ya no escribo; ya no puedo escribir, ni leer, porque no veo; todas estas cosas se relacionan con la edad...

S. de B. - ¿Siente pues, en el momento actual, su edad?

J.P.S.- Por momentos. Ayer pensé en eso, y también la semana pasada o hace quince días. Evidentemente es una realidad de hecho, en la que pienso de vez en cuando, pero a pesar de todo, en conjunto, continúo sintiéndome joven.

S.de B.-¿En cierto modo intemporal?

J.P.S.- Sí, o joven. Quizá habría que decir que mi cabeza es joven; quizá haya sentido mi juventud, pero en cualquier caso, la he conservado.
El presente es concreto y real. El ayer, es menos nítido y no pienso aún en el mañana. Prefiero el presente al pasado. Hay gente que prefiere el pasado, porque le otorga un valor estético o cultural. Yo, no. El presente, pasando al pasado, muere. Ha perdido su valor de entrada en la vida. Pertenece a ella, puedo referirme a él, pero ya no tiene esa cualidad que es dada a cada instante, en la medida en que lo vivo.
La vida en el presente no es correr tras no sé qué persona nueva; es vivir con los demás dándoles una especie de dimensión presente que, efectivamente, tienen.

De La ceremonia del adiós. Simone de Beauvoir.