viernes, 30 de enero de 2009

El goce de lo errático


Ciertos legados, ciertas personas, especialmente dotados de una riqueza que dejan marca, nos dan la posibilidad de pensar y sentir la diferencia entre el tiempo y la temporalidad.
Algunos seres se caracterizan por sostener un pensamiento que no se paraliza con la lucidez ni se enmudece con respecto a pensarse en su extrema posibilidad; un pensamiento que trabaja afanosamente sobre lo latente hasta incluso adelantarse por los sinuosos caminos del misterio, de las razones científicas más absolutas, o de la fe, cuestiones todas con las que advenimos,como este cuerpo y este ropaje que nos da la vida.
Rebeldes a las marcas del malestar de la cultura que posicionan al sujeto en un lugar más amenazado que deseante, provocan rebeliones conjeturales que imprimen una nueva faz a ese saber inamovible, sacralizado por el sujeto, por su familia o la sociedad en que vive.
Estos seres es cierto que emergen de un contexto, son portavoces que han rozado la perplejidad, quizás por determinadas razones internas o acontecimientos externos hayan buceado hasta lo más profundo, pero es justamente esa superación del caos, lo que ha producido esta novedosa conjunción de ese ser con el mundo.
Y ese pensarse como un no estar en el mundo,paradójicamente, ha cristalizado esa perplejidad, ha facilitado la discriminación, el avance a un nuevo conocimiento, o estructura, bastión de una nueva tarea y faro que previene contra las tempestades, o advierte lo que subyace.
El vivir entonces se convierte en la apuesta a un desafío constante, donde a éste no le queda otra cosa que esto: vivir.
Y estas conjeturas - juntar ideas para arrojarlas en montón, en dirección más bien errática-, conllevan el sentido de realizar esta diferenciación entre el tiempo vivido como algo cronológico de relojes y fechas, de bolsillo o como este otro, que es más parecido a nuestro inconsciente,intemporal, casi como el tiempo cósmico.
Modalidad especial de vivenciar que comienza en los seres que se implican con la vida, con los otros seres y el mundo, donde existen ciertos saberes mas o menos con carácter de absoluto que se van adquiriendo por el camino de las teorías, de las prácticas, pero en el que aparece siempre el cuidarse de cierta comodidad que pueda conllevar la amenaza de un presente y un futuro demasiado estacionario.
Ese alejarse del equilibrio, transitado por una incesante actividad asociada a proyectos, a indagar por caminos que son realmente rebeldes, libertarios, revelados, es lo que les permite la realización y la invención de nuevos sueños.
Hijos cercanos, predilectos de una creatividad imperiosa, rabiosa, casi de genes obsesivos.

Pichón decía: Larga es la vida como largo es el proyecto, aquí hace referencia a otra dimensión que no está ceñida al tiempo cronometrado, tal vez debido a que se haya formulado que el tiempo era El.Que haya pensado el Dasein, el Ser y el Tiempo, y se haya respondido no acerca de qué era el tiempo, sino quién era.
Francoise Dolto por su parte decía:
uno se muere cuando ha terminado de vivir.La carta de los derechos del niño no estaba aún terminada cuando la sorprendió la muerte, tenía 80 años.
Fernando Ulloa, tenía la certeza de que la muerte al ser humano debía atraparlo vivo;
Cómo morir felices
es la pregunta que como contrapunto, formula Albert Camus, en un contexto donde se delimita, en su novela la noción del bien vivir -en el sentido de una calidad de vida-
No quería morir como un enfermo... no quería que la enfermedad fuese lo que suele ser, una atenuación y una especie de transición hacia la muerte. Lo que quería, todavía inconscientemente, era el encuentro de su vida, rebosante de sangre y salud, con la muerte. Y no la simultaneidad de la muerte con lo que ya estaba casi muerto... Esa muerte que él había mirado con el enloquecimiento de un animal; comprendía que tener miedo significaba tener miedo de la vida. El miedo a morir justificaba un apego sin límites a lo que está vivo en el hombre
.
Además, Ulloa, pensaba en un tiempo que corría y daba saltos y era a su vez recorrido por el pensamiento; Un salto mismo en el vacío que configuraba una metáfora y abría el nivel de lo psíquico.
También los griegos pensaban que el tiempo es aquello en lo que se producen acontecimientos.
La vejez no tiene nada que ver con la edad cronológica. Es un estado de espíritu, no estacionario, en constante movilidad y cambio. Es verdad que la mayoría quisiera dejar para después, para lo más tarde posible, la renuncia a lo que fuimos. No decimos, para dentro de 10 años, decimos lo más tarde posible, tiempo no mensurable.
Un anciano jamás se siente un anciano comprendo por otros lo que implica la vejez en aquel que la mira desde afuera, pero yo no siento mi vejez
, Sartre, también nos remite a Lacan, el problema del deseo es algo que el hombre tiene que situar, encontrar, a lo largo de toda su vida, y con gran frecuencia a sus expensas.

viernes, 23 de enero de 2009

Contención vs. Inmunidad artificial


Un escritor de nuestros días, Federico Andahazi dice: La certeza es una herrumbre del cartesianismo. Siempre he sospechado que la palabra escrita está hecha de otra estopa, de una sustancia cuya roca no es la certeza, sino, por el contrario la incertidumbre.
Entonces partamos de la duda, rebelémonos a ser persuadidos por la razón o la fe.
Cuando nos referimos a contención, desde distintas teorías, se suelen conceptualizar determinados pasos a seguir: Empatía -estar en el otro, no sólo con el otro- Identificación, Disociación Instrumental. Dos movimientos, como una especie de danza, de entrar y salir, como un pujar, un partero de ese otro que no me permite repetirme hasta el infinito.
Esto enuncia casi un acto creativo, otras líneas, en esa distancia del yo, no yo, aparece un encuentro, algo nuevo, eso que se da no solo entre lo que el otro espera de mí, lo que yo espero de él, otro sentido generado en ese entre, me aventuraría a decir, en ese espacio se ha producido una hazaña.
Pero esto que aparece como una pequeña certeza, este tesoro, este arsenal -porque es la lucha- de sentimientos y de acciones que desplegamos, puede ser bastardeado cuando aplicamos con innecesaria tosudez la solemnidad de la palabra, la estereotipia, entonces toda esta magia se convierte en desencanto.
Con esto quiero referirme a la tan mentada Distancia Optima, cuidémonos que no se convierta en artificio, el cuerpo suele rebelarse ante éstos, pero así como suele confundirse libertad con individualismo, es importante poner el acento en esto que puede ser un sutil disfraz de indiferencia, o desapego.
La internalización del desapego tan vigente en todas las franjas etarias.
Todo esto para decir que: estamos inmersos, bañados casi ahogados por las intensidades de la tempestad de la Distancia Optima. Ni tan cerca que me quemo, ni tan lejos que me enfrío. ¿Estaremos vencidos?
Debemos nadar junto con el otro, más si encontramos que está hundiéndose, le aplicamos nuestras fórmulas interpretativas, tenemos una especie de temor a llegar a experimentar esas profundidades, a abrirnos para ser atravesados;igualmente, tenemos bastantes seminarios de primeros auxilios repetitivos.
Pareciera como que ser propietarios de tanta intensidad no es nuestro sentido, nuestro sentido es tener la certeza de lo que el otro precisa y darle algo prefijado.

De ahí que surja este intento de reflexionar acerca de lo que denominamos Distancia óptima en el cuidado, un intento de sentir y pensar qué nos ocurre cuando estamos frente a un otro que nos necesita.
Distancia proviene del latín distantia, es un espacio o intervalo de lugar o de tiempo que media entre dos cosas o sucesos; también una diferencia, desemejanza notable entre unas cosas y otras; la Real Academia menciona además desafecto, desvío, alejamiento entre personas.
Pensar la distancia como una elaboración artesanal, que permite el encuentro, el surgimiento de las singularidades, de un vínculo bueno, que esté relacionado con la comunicación y el aprendizaje, no con la estereotipia, o con una especie de lecho de Procusto, como la sumisión a un concepto que está en el imaginario pero alejado de nosotros mismos.
Si no repensamos nuestras prácticas, si no utilizamos esta capacidad del Yo de observarse, incluso hasta en nuestros discursos más progresistas de reivindicaciones podemos caer en la concepción predominante de la psicología asistencialista, controladora y segregante de lo social, económico, político y participativo.


La envoltura transparente


El personal de cuidado en las instituciones geriátricas asume sin solución de continuidad la responsabilidad de atender y cuidar a los adultos mayores; con esto me refiero a los cuerpos tristes, doloridos, o moribundos. Ellos están en permanente contacto con esto.Ocupan el lugar de la contención de las emociones, de las fantasías angustiosas, albergando a quien está amenazado, luchando junto a él, entre la vida y la muerte. El estar enfermo nos remite al más profundo temor, el miedo a morir. Lo más temido y negado por los hombres.
La cuidadora hace por lo general todo aquello que a las demás personas les repugna o les da miedo. Está en cotidiano contacto con lo que a la mayoría le desagrada: los excrementos, la sangre, las heridas, las escaras, los tumores, la decrepitud, el deterioro del cuerpo.
El geriátrico produce un desgaste profundo sobre quienes se instalan dominados por fantasías mesiánicas o salvadoras, lo que Balint tan bien describiera denominando función apostólica.
Este desgaste, este equilibrio inestable, produce en los cuidadores determinados mecanismos de defensa propios de las organizaciones: despersonalización, distancia y negación de los sentimientos, ejecución ritualizada de las tareas, actitud negativa frente al cambio, reducción del peso de la responsabilidad por delegación en superiores.
Desde mi práctica puedo comprobar que lo que pareciera mas díficil de elaborar es esto, a las personas no les cuesta entrar en el otro, les cuesta más salir, esto habla de que a pesar de estos tiempos tan frágiles en lo que respecta al albergamiento de un otro, sigue existiendo en los seres el encuentro, el deseo de abrirse y de permitirse el desafío.
Confieso también que esta proximidad con la intensidad pareciera sacar de quicio a muchos directores de geriátricos, esta implicación excesiva puede trastornar su lógica de mercado; lo que quisiera decir es que cuando el cuerpo está triste necesita algo más que una interpretación más bien necesita de la experimentación con ese otro, y es aquí donde el cuidador utiliza su cuerpo como instrumento, como si éste y sólo éste fuese su dispositivo, su buscador, su motor que genera efectos y crea nuevas posibilidades y expansiones.
Es que en este interjuego donde el dolor es un momento muy largo para el otro, necesitamos junto con lo discursivo una apuesta a humanizar más el sentido, poder entrar en el otro seguramente dara lugar a otra expresión de singularidad.
Un rumbo nuevo, otro trazado, no sé si lo que doy es lo que se espera, es algo distinto, innovador, algo más que lo prefijado.
Así como estoy tratando de comunicar la importancia de no disipar lo que se siente, querria también manifestar que sería loable ser conciente de estos procesos, estoy tratando de decir que el sujeto necesita en su cuidado ser respetado no colonizado ni intelectual ni afectivamente.Percatarnos también de esto, en un sistema caracterizado por las asimetrías y arbitrariedades, es común que lo asistencial puede enmascarar o encubrir una relación de dominador-dominado,en esa dialéctica amo -esclavo es mejor ser controlado por otro que por uno mismo, es mejor ser oprimido, explotado, perseguido, manipulado por otro que por uno mismo.

Contención estaría relacionado con la construcción de espacios de cuidado para mejorar la atención de nuestros adultos, así como el cuidado de los cuidadores, que no están tan preocupados por su propia distancia sino por ciertas lógicas institucionales que los rigidizan y cristalizan en conductas que son como certezas o virtudes de piedra.
Sin alcanzar todas las tecnologías del niño-burbuja, ya vivimos en esta burbuja, en la envoltura transparente que rodea algunos personajes del Bosco, envoltura transparente en la que nos refugiamos, a la vez desvalidos y superprotegidos, condenados a la inmunidad artificial y a la transfusión perpetua y condenados a morir al menor contacto con el mundo.




jueves, 22 de enero de 2009

T.S.Eliot

Gerontion

Tú no tienes ni juventud ni vejez
Sino como si fuera una siesta después de comer
Soñando con ambas cosas.

Aquí estoy yo, un viejo en un mes seco,
con un niño que me lea, esperando la lluvia.
Ni estuve en las Puertas Calientes
ni combatí en la cálida lluvia
ni me metí hasta la rodilla en el pantano salobre, blandiendo un machete,
picado de moscas, combatido.
Mi casa es una casa echada a perder,
y el judío de encuclilla en el alféizar de la ventana, el propietario,
engendrado en algún cafetucho de Amberes,
lleno de ampollas en Bruselas, remedado y pelado en Londres.
El macho cabrío tose por la noche en el campo de arriba:
piedras, musgo, pan-de-cuco, hierro, mierdas.
La mujer guarda la cocina, hace té,
estornuda al anochecer, hurgando en el reclutante sumidero. Yo soy un viejo,
una cabeza opaca entre espacios con viento.
Los signos se toman por prodigios: "¡Queremos ver un signo!"
La palabra dentro de una palabra, incapaz de decir una palabra,
envuelta en pañales de tiniebla. En la adolescencia del año
llegó Cristo el tigre
en el depravado mayo, cornejo y castaño, floreciente árbol de judas,
para ser comido, para ser dividido, para ser bebido
entre cuchicheos; por Mr. Silvero
el de manos acariciadoras, en Limoges,
que dio vueltas toda la noche en el cuarto de al lado;
por Hakagawa, haciendo reverencias entre los Tizianos;
por Madame de Tornquist, en el cuarto oscuro
desplazando las velas; Fräulein von Kulp,
que se volvió en el vestíbulo, una mano en la puerta.
Vacías lanzaderas
tejen el viento. No tengo fantasmas,
un viejo en una casa llena de corrientes
al pie de una loma con mucho viento.
Tras de tal conocimiento, ¿qué perdón? Piensa ahora,
la historia tiene muchos pasadizos astutos, pasillos arreglados,
y salidas; engaña con ambiciones susurrantes,
nos guía por vanidades. Piensa ahora,
ella da cuando nuestra atención está distraída
y lo que da, lo da con tan sutiles confusiones
que la que da hace pasar hambre al que suplica. Da demasiado pronto
en manos débiles, lo que es pensado, se puede prescindir de ello
hasta que el rechazo propaga un miedo. Piensa:
ni miedo ni valentía nos salvan. Vicios antinaturales
son engendrados por nuestro heroísmo. Virtudes
se nos imponen a la fuerza por nuestros vicios desvergonzados.
Esas lágrimas son sacudidas del árbol cargado de ira.

El tigre salta al nuevo año. A nosotros nos devora. Piensa al fin,
no hemos alcanzado una conclusión cuando yo
me quedo rígido en una casa alquilada. Piensa al fin,
no he hecho este espectáculo sin un propósito
y no es por ninguna concitación
de los demonios que tiran hacia atrás.
Llegaría a coincidir contigo sobre esto honradamente.
Yo que estaba cerca de tu corazón fui apartado de él
para perder belleza en terror, terror en averiguación.
He perdido mi pasión: ¿por qué necesitaría conservarla
puesto que lo que se conserva debe ser adulterado?
He perdido mi vista, olfato, oído, gusto y tacto:
¿cómo habría de usarlos para tu contacto más cercano?

Estos, con mil pequeñas deliberaciones
prolongan el beneficio de su congelado delirio,
excitan la membrana, cuando el sentido se ha enfriado,
con salsas picantes, multiplican variedad

en una selva de espejos. ¿Qué hará la araña,
suspender sus operaciones; se retrasará
el gorgojo? De Bailhache, Fresca, Mrs. Cammel, giraban
más allá del circuito de la Osa estremecida
en átomos fracturados. Gaviota contra el viento, en los ventosos estrechos
de Belle Isle, o corriendo al Cabo de Hornos,

Plumas blancas en la nieve, se las lleva el Golfo,
y un viejo empujado por los Alisios
a un rincón soñoliento.
Inquilinos de la casa.
Pensamientos de un cerebro seco en una estación seca.

Versión de José María Valverde

Reflexión


Si como se ha dicho, el sujeto postmoderno se corresponde con un modelo de sujeto cóncavo, dominado por una pasiva perplejidad a causa de sentirse fraguado de elementos caducos para afrontar un mundo en mutación que le sobrepasa, y por eso mismo, más vegetativo que actuante, parecería que es el viejo quien mejor encarna ese encorvado modelo. Se trataría, una vez más, de un protagonismo paradójico por exclusión: por ser quien de un modo más gráfico y palpable -Mi rostro como pastel de bodas arruinado de pronto por la lluvia, decía de sí mismo el viejo Auden- representa ese estigma del envejecimiento colectivo -pastel de bodas de la modernidad arruinado..., y por la lluvia que compone, sin síntesis -ecológica ducha de clases- lo actual diferido y lo global fragmentario...; por ser el viejo quien mejor anatomiza ese sentimiento de demolición respecto a su atomización generalizada.
Desde luego, hay en principio coartadas para que se volatilicen las fronteras categoriales en un mundo que se quiere de viejóvenes. De nuevo por exclusión, contamos con este dictum bien enredador que nos legó Eduardo Ortega y Gasset: Sólo se es joven mientras se comprende el mundo. Y no es por nada que al inicio de su paradigmático poema Gerontion, T.S.Eliot -cuyo universo fragmentario, aséptico, ventrílocuo y zumbón está en la génesis de la cosmovisión posmoderna- recurriera a esa cita de Shakespeare que hoy nos resulta tan familiar: Tu no tienes juventud ni vejez, Sino como si fuera una siesta después de comer, Soñando con ambas cosas.
Esto es, la visión del viejo como metonimia, prótesis o cóagulo representacional del sujeto contemporáneo; poco más que un caso peculiarmente expresivo de adustez con el que hiperbolizar la soledad, el desarraigo y la orfandad de la supervivencia generalizada.

lunes, 12 de enero de 2009

La cultura del olvido


El viejo no posee ya aquella superioridad sobre la juventud porque sus conocimientos acumulados ya están caducos...
Esto reza en el epígrafe de una foto que muestra a un adulto mayor con cara de azorado frente a la pantalla de una computadora.
Mitos actuales, el adulto mayor de hecho colma los centros de formación que auspician ofertas educativas de neto corte tecnológico, estamos atravesados por el mito de la capacitación continua y esto también les ha llegado a ellos.
En las franjas más jóvenes se oferta también la ilusión de un pronto y lacrimoso empleo, a ellos puede convenirles para abrir otros canales de comunicación, por ej. chatear con sus hijos o nietos que están en el extranjero.
Igualmente no deja de conmovernos este epígrafe... aunque si bien ahora se hace más patente que nunca, que esta sociedad propicia el olvido, la alzheimerización acelerada, junto con estos términos culturales en los que nos movemos, relacionados con la competencia, con ver al otro como un rival o futuro adversario más que como un colaborador.
En esto también se enmarca que el adulto competiría con los más jóvenes,pamplinas, figuraciones dice un poeta español, lo que necesitaríamos saber es cómo ellos fueron resolviendo las distintas crisis individuales e históricas que les tocó vivir, para no caer en tortuosas repeticiones, para no ser eternos Sísifos.
En verdad pareciera que los hábitos han cambiado ya no tienen ese poder organizativo nos quedan algunos pero también persiste esta sensación de que todo el tiempo corremos como el relojero de Alicia en el país de las maravillas, y es que esta organización producto de la globalización hace que los viejos insistan en aferrarse más a sus lealtades, tal vez sientan que todo pasado fue mejor, y a esta altura de los ideales, no podría tildarseles de regresivos o meláncolicos, en alguna medida cuando hacen un relato victorioso del pasado están mostrando como esa subjetividad no quiere ser tan porosa como la de estos tiempos.
El tiempo corre, nosotros corremos, como perdiendo cierta capacidad de demora, típico también de la conducta del sujeto de esta sociedad consumista, aunque debería recalcarse que el consumo en realidad es para muy pocos, en un mundo habitado por infinidad de pobres casi resulta obscena la palabra, aunque también podría objetarse que hay de diferentes tipos relacionados con la clase social a la que se pertenece.
Será por estas razones que se ha denominado a esta franja etaria, clase pasiva; aunque ya no veo tanta clase activa si estamos hablando de niveles de empleo, clase activa tal vez sea toda aquella que no se resigna a estar a merced de los acontecimientos.
Y otra de las razones será por lo arbitrario de lo que los españoles bien han denominado el garrote, la jubilación, bueno no es novedoso decir que a los adultos mayores lo que mas les sobra es el tiempo, de ahí que esten a contrapelo de estas nuevas modalidades de vivir que requieren de satisfacciones de tipo instantáneo.
Zygmunt Bauman dice la cultura de la sociedad de consumo no es de aprendizaje sino principalmente de olvido.

Entonces la vinculación entre procesos sociales y subjetividad es compleja, pero esta nueva subjetividad se ha encarnado en muchos como efecto de una ley de mercado que opera a nivel fundante regulando el intercambio entre los seres humanos y donde la competitividad se instala como máximo valor social.
Ideales hegemónicos, identificatorios para muchos en un intento de exaltación desesperada por la salvación.
Amurallarse detrás de objetos prontamente descartables, olvidando que cuando un sector de la sociedad está amenazado, lo estamos todos.
Bauman dice en la existencia del consumidor viajar con esperanzas es mucho más placentero que arribar. La llegada tiene ese olor mohoso del final del camino, ese sabor amargo de la monotonía y el estancamiento que acabaría con todo aquello que el consumidor -el consumidor ideal- aprecia y considera el sentido mismo de la vida.
Para gozar de los mejor que este mundo es capaz de ofrecer se pueden hacer muchas cosas menos una: exclamar como el Fausto de Goethe :¡Momento que pasas, detente eres tan bello¡
El consumista es un viajero que no puede dejar de serlo.
Igualmente querría precisar cierta diferencia: viajar, viajamos todos, la cuestión es cómo realizamos ese viaje, si nos damos la posibilidad de detenernos en determinados paisajes, vivencias, recorridos, que nos modifican, nos cambian e interpelan o si solo pasamos como simples turistas, sacando el alma a los lugares con el flash de una fotografía.

jueves, 8 de enero de 2009

Vejez en los geriátricos


Bien, vejez es destino, pero no quisiera referirme acá al destino de la mayoría de los adultos mayores, viejos, gerontes, tercera edad, cuarta edad, clase pasiva, abuelos, senescentes, como puede verse demasiadas denominaciones.
No no quiero referirme a esa mayoría deseante, que no ha sido alcanzada por el discurso biológico o social, a todos esos viejos que están a nuestro alrededor y que no nos necesitan, o nos necesitan de la misma manera que uno los necesita.
Digamos viejos geniales, creativos, pensantes, que andan, viven y circulan.
Sino a todos aquellos que están encerrados por distintas pobrezas, en general, es la familia la que toma la decisión de institucionalizar al adulto mayor, y casi siempre a sus espaldas, engañado.
Otra cosa sería si mediara entrevista previa -lo que cualquier institución seria aconsejaría- pero esto de la entrevista previa, parece ser cosa del discurso de los manuales, o también es factible en sectores sociales acomodados, no quiere decir tampoco que sea la generalidad.
En el caso de ocultamiento de la situación, estamos hablando aquí de la inexistencia de un sujeto de deseo, más bien de la de un sujeto suspendido que pasará a estar entre la vida y la muerte, que pasará a engrosar las filas de un regimiento, que ni siquiera sabe bien cuál es.
Subjetividad devastada, como el rostro del que habla Marguerite Duras.
Especifiquemos,por cuántas razones se pone al viejo en un geriátrico, por pocas, muy pocas, casi se pueden contar con los dedos de una mano, pobreza de recursos materiales y simbólicos -del viejo y de la familia-; enfermedad -la familia no sabe, no puede, no conoce cómo hacer con este integrante que ha enfermado.
El viejo sería en la Teoría de las 3 D de Pichón Rivieré,-el depositario,los depositantes,lo depositado- el que ha sufrido la suma de depositaciones, el más fuerte por eso las soporta y el más débil, por eso enferma. Portavoz de una familia, hace su último intento por salvarla.
A esto agregaría que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, dentro de este caos socio- histórico podríamos adelantar sin temor a desdecirnos, esta hipótesis: la mayoría vieja y pobre será reducida o a la calle o a la locura del encierro por la incapacidad de sus congéneres de escuchar y de ver.
Muchos podrían pensar que es un recurso literario, esto de la locura del encierro, pienso que determinadas condiciones de vida generan locura; la locura del que ha quedado en la calle; sin techo, sin trabajo; la locura del que ha sido encerrado, para algo que No Necesita Cura, como es el caso de la vejez.
Los cinco sentidos menguan, la negación abunda, junto con la iatrogenia por parte de muchos que deberían estar concientizando acerca de lo saludable que sería poder resolver las crisis dentro de las familias antes de urgir a una rápida depositación del viejo, que a través de su dispositivo de segregación: Decreta que la vejez no existe. Como algunas familias hacen con los adictos, y con los locos.
La misma suerte que corre para los pobres, marginales, excluidos, es la que nombra a los viejos como enfermos, la misma la que los identifica con decrepitud, y la que deposita en ellos todo lo siniestro social.
Los garantes simbólicos del mundo externo han caído en picada, a lo sumo puede existir una alicuota que les recuerde que podrán merendar mate con pan hasta fin de mes, o ir a mendigar a un hogar de dia.
El tema es complejo, no hay viejos verdes, ni viejos sabios, hay viejos únicos,con una situación muy clara: ser pobres.
Lo trágico es que al viejo se le esconde bajo la alfombra, la única manera que se perfila como posibilidad de cambio es empezar a pensar seriamente que esta problemática, al menos pensar en nosotros mismos si nos hemos desensibilizado tanto, que no podemos ni siquiera pensar que esa subvida a la que se les ha destinado no sería el feliz arribo de nuestras utopías.
Apelar a una especie de solidaridad humana, tan desencantada en algunos sectores, tan desnutrida.
Debido a que no hay sociedad posible sin niño y sin viejo, la mediana edad bien podría ser como una especie de clase media que está siempre acomodándose para escapar de su destino.
El desapego está más vigente que nunca y se afirma cada vez que se mutila, se margina y se aprisiona lo vivo, cada vez que se acalla su demanda.
Implicarse con todas las edades, para que éstas no sean prisiones; implicarse desoyendo los discursos hegemónicos, las teorías obstaculizantes que sitúan a los sujetos en lugares impredecibles.
Me arriesgaría a decir que los prejuicios que se tienen con esta etapa, y por ende la justificación de su aislamiento estarían relacionados con nuestro punto ciego en relación a nuestra propia vejez, es común que algunos enfermen y que esto refuerze entonces nuestro prejuicio, que digamos, no quiero llegar a viejo, de ahí que se recurra entonces a la teoría que se consolida en la práctica cotidiana y que evita cuestionamientos.
Siempre se encuentra la forma de justificarse.
Es más pensando, que el amor no puede decretarse pero sí la responsabilidad, sería loable también pensar que se hiciera una especie de militancia en este sentido, si no queremos al viejo, al adulto en casa, al menos procuremos que los lugares que dicen albergarlos tengan el personal suficiente ya que un cuidador generalmente atiende a 12 -abuelos- cosa imposible, fuera de toda lógica, pero sostenida incluso desde la reglamentación vigente.
Esto es así, legal pero no legítimo. Maltrato al personal que redundará tarde o temprano en el adulto mayor.
Propongamos si es que tienen que existir esos nuevos comercios, que sean lugares humanos que funcionen desde una lógica de vida, de no ser así: procedamos.

Transformaciones psíquicas en el proceso de envejecer


En un fragmento de la deliciosa novela El Amante Marguerite Duras dice:
" Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo. La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud. Su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado.
Como tomaríamos esto si alguien se nos acercara a decirnos tal cosa, tal vez podríamos responder, la experiencia es mutación, o decir como mi abuelo, bueno cada uno tiene la cara que se merece... o pensaríamos en Sartre... el infierno son los otros.
Lo que si podemos visualizar es que el aparato psíquico afronta con placer y displacer el transcurrir por este proceso.
Desde el propio cuerpo, desde el mundo exterior, desde los otros.
Aceptar estas transformaciones sería poder asumir una nueva y compleja posición en la vida, atravesada por la historia singular, biológica -porque este proceso de envejecer es asincrónico, mientras algunas estructuras declinan otras se transforman- un sentido diferente, dando lugar a adquisiciones nuevas o nuevas significaciones.
....Entre los dieciocho y veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto, ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno... He conservado aquel rostro nuevo. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho... ha conservado los mismos contornos pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido... "
Como vemos una visión, la visión de un rostro. La pregunta es ¿esta patentización es producto del tiempo?, o es algo más, o ¿tiene nuestro psiquismo capacidad de reestructur y posibilitar cambios con respecto a las transformaciones físicas que se producen en el lógico devenir?
Envejecer es destino, dirá Simone de Beauvoir, el tema es ¿cómo lo hacemos?
¿Qué estructuras están comprometidas? ¿Cómo enfrenta y resuelve el sujeto estas pérdidas? ¿Qué elaboraciones son posibles?
No hay pensamiento estable, no hay nada inmortal, la mínima eventualidad sopla la emoción del recorrido: la vida está abierta a una vertiginosa pequeñez.